THOMAS JIMMY ROSARIO HIJO

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

Hace poco me enteré de que no habían más estrellas fugaces, como aprendieron mis padres, abuelos y mi generación a llamar los pedazos desprendidos de objetos del espacio en movimiento. Pero no me frustré. He vivido toda una vida de cambios de nombres y de circunstancias.

El telegrama que mi padre usaba para enviar sus reportajes a El Imparcial en los años cincuenta y sesenta desapareció. El “cable” original era un medio para enviar también documentos a larga distancia. En 1984 usábamos un sistema con unos boquetitos para enviar comunicados de prensa a los medios en el Capitolio donde trabajaba. Eso se transformó en fax y luego en correo electrónico.

La fotografía se originaba en un negativo antes y ese negativo se hacía sobre una base de celulosa.  El positivo era solamente en blanco y negro,  que para hacer colores que mi padre pintaba sobre el papel fotográfico con unas pastas. Hoy la foto es digital y si se quiere una copia, no se requiere el proceso químico original, sólo se hace una foto en el printer.

El escaso teléfono de los cincuenta se convirtió en el omnipresente celular inhalámbrico. A diferencia de los originales que solo albergaban un micrófono y un audífono y que se ataba a los demás teléfonos por millones de millas en conexiones de cables hoy día este hace múltiples funciones.

La vida es evolución y es cambio. El estatismo no produce vida ya que por la composición atómica se sabe que las cargas eléctricas, aun las de la materia muerta, estan en movimiento.

La gente conservadora es necesaria para asegurar y defender lo que se ha hecho, pero hay que aceptar la evolución y el cambio como garantía del continuismo de la  civilización y del mejoramiento de la humanidad. Debemos abrirnos al nuevo conocimiento, a la inventiva y creatividad y hacernos cómplices del mañana desde hoy. No hay otra…

 

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