THOMAS JIMMY ROSARIO HIJOPor Thomas Jimmy Rosario Martínez

Esmirna Vega me preguntó directo y sin contemplación si me molestaba que una mujer lactara a su criatura en público. Mi contestación no fue fácil porque sencillamente, soy de otra generación que vino con cierto prejuicio irracional sobre el particular.

Me crié en una educación donde el seno se guarda para la intimidad. Era una verguenza para muchas mujeres exhibir sus senos y para otras no, pero socialmente crecí ignorando lo que Luis Ferré llamó una vez en la inaguración de la fábrica de brassieres de Dorado “la parte poética de la mujer”.  En mi juventud creí que esa parte, a diferencia del pecho varonil, era una para el deleite de la vista, tacto y boca de otro adulto macho. Porque dentro de las creencias de la época, no estaba tampoco mamar entre mujeres.

La primer mujer que vi dando su pecho en público a su bebé fue la esposa española de un amigo mío. No vi su pecho, sólo supe que se lo estaba dando, pero cubierto de una toalla para no descubrir el pezón ni la aureola. Luego vi a las hippies que vivían entre Vega Baja y Manatí. La próxima generación fue las de mis nueras, porque no recuerdo que mis hijas  lo hicieran.

Tenemos que entender que dar la teta,  para mi generación, también era una palabra tabú.

Es un proceso natural de la vida. No es casualidad que el hombre admire y quiera sentir el seno materno fuera de su madre y admire el abultamiento y el confort que le recuerda el placer y la satisfacción.

Me place ver el amamantamiento pero no solo el seno en un proceso de alimentación. Esto es demasiado profundo y significativo por lo que prefiero no verlo a tener que explicar mi mirada fija en una mujer con su seno descubierto. La mujer no debe sentir venguenza y en teoría yo tampoco, pero creo como parte de mi decencia social es no ser sorprendido como atisbando lo que no debo.

Espero, que mi querida amiga Esmirna entienda mis palabras. Ninguna mujer debe tener sentimientos adversos por amamantar a un niño en público. En ese acto no hay nada de exhibicionismo ni inmoralidad. Nosotros los hombres, más que las mujeres, debemos protegerlas para que esto ocurra sin limitaciones, respetar el área de concentración y paz que implica esta función exclusivamente femenina y mantener los balances de nuestros conceptos eróticos en baja cuando ocurre este extraordinario evento de la naturaleza.

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