Mi experiencia con una doula comunitaria

MARIELISA ORTIZ BERRIOS

En primer plano, sentada y con camisa gris, me encuentro participando de una de las clases del programa SePare. (foto SePare, Facebook)

En días recientes, el programa SePare, de Vega Baja, dirigido por mi amigo Javier Morales Nazario, graduó un grupo de 23 mujeres y un hombre, como doulas comunitarias. Las doulas se preparan debidamente para acompañar a las mujeres durante la gestación, el parto y el postparto. También tienen conocimientos para brindar herramientas para el apoyo a las mujeres gestantes, sus familias y comunidades.

Cuando quedé embarazada de mis niñas, tenía el deseo de poder contratar una doula. Me interesaba mucho poder contar con el apoyo de una (o uno) por el conocimiento que tienen y la empatía hacia las mujeres gestantes. Entendía que podía ser de gran ayuda para mí por la experiencia que tuve en mi primer embarazo al ser cesárea y por tantas historias negativas que uno escucha por ahí cuando no se tiene el apoyo necesario.

Cuando Javier me invitó a participar de las clases del programa SePare y que al finalizar el curso podría recibir los servicios gratuitos de una doula, me pareció maravilloso. De hecho, en Puerto Rico SePare es el único programa que ofrece estos servicios sin costo para las participantes y lo mejor es que no tienen que ser exclusivamente residentes de Vega Baja. Aunque ya había tomado clases de parto sin temor y lactancia -junto a mi esposo- en mi primer embarazo, lo que me ofrecía SePare era algo diferente. SePare motiva a las mujeres a apoderarse de sus embarazos, partos y post partos, sin que nadie decida por ellas. Me encantó el concepto y decidí participar.

Cuando comencé las clases ya mi embarazo se encontraba en una etapa bastante adelantada. Tenía una barriga enorme. Bueno, llevaba en mi interior a dos seres humanos. Había aumentado muchas libras, 50 en total. Casi no podía caminar. No podía estar mucho rato sentada ni de pies. La ropa, incluso la de maternidad, me molestaba. El nervio ciático ya estaba haciendo de las suyas. Siempre tenía hambre y cansancio. Cuando estaba en casa en ocasiones llegué a usar una silla con rueditas (las que se usan para los escritorios) para poder moverme de un lado a otro, así que mi participación en el periodo de clases en SePare fue breve. Solo pude participar en tres clases, sin embargo, fueron lo suficiente para mí. Absorbí la mayor información que pude y conocí gente con una gran empatía, conocimiento y deseos de aportar de manera honesta a la comunidad y al País.

Grupo de apoyo de lactancia en las oficinas de SePare. (foto SePare, Facebook)

Decidí no volver a participar en las clases porque mi cuerpo ya no daba para más. Esas últimas semanas debía descansar y prácticamente no salir de casa. Un embarazo gemelar es bastante complicado y pesado. Entonces, el 16 de marzo, mis hijas decidieron que ya no podían aguantar más en mi cuerpo. Esa noche, acabando de salir del baño en una de esas tantas veces que tenía que ir a orinar durante la noche, de momento rompí fuente. Fue un momento de muchas emociones. No sabía qué hacer, pero a la misma vez sí sabía qué hacer. Desperté a mi esposo con gran tranquilidad pero a la misma vez con ansiedad. Le dije tranquilo pero vámonos para el hospital que llegó el momento. Despertamos al nene, cogí la maleta (ya la tenía lista desde hacía varias semanas), nos cambiamos de ropa y nos fuimos. Luego dejé al nene con mi hermana que vive cerca de mí.

A pesar del poco tiempo que estuve en las clases, Javier me había indicado que me iban a asignar una doula. Sin embargo, no tuve oportunidad de conocerla antes de irme de parto pues apenas tenía 32 semanas. Cuando iba de camino para el hospital me acordé que tenía el número de ella grabado en mi celular y le escribí un mensaje de texto. Era de madrugada, pero eso no fue impedimento para que ella rápidamente me respondiera. El trabajo de las doulas es así. La emergencia puede surgir a cualquier hora y ellas hacen su mayor esfuerzo por estar ahí, donde las necesiten. Y así fue. La doula llegó a la sala de parto donde yo estaba.

Mientras yo descansaba en la cama con unas contracciones bien fuertes, la doula me acompañó, aconsejó, animó, ayudó, defendió. Hasta me dio masajes en los pies. Fue de una gran ayuda para mí. De hecho, mi esposo estuvo todo ese tiempo ahí también, pero él quiso cederle un buen espacio de tiempo a la doula para que ella pudiera hacer su trabajo pues solo permitían un acompañante. Además, él tuvo que hacer varias gestiones de papeleo que yo no pude hacer y hablar con los médicos sobre mi situación.

La doula hizo lo posible porque me aguantaran el máximo tiempo a mis bebés y que las pudiera parir. Sin embargo, al estar las dos niñas fuera de posición no pudo ser posible parirlas, aunque sí había comenzado a dilatar, por lo que hubo que hacerme una cesárea. Por cierto, la experiencia fue demasiado traumática, pero ese es un tema para otro artículo. Ya estando en el cuarto luego de la operación, la doula me ayudó mucho en la preparación para la lactancia. También me acompañó por varias horas para que no me quedara sola en la habitación, ya que mi esposo no se podía quedar, por las políticas del hospital.

Puedo decir que la doula cumplió con su propósito. Me transmitió su conocimiento, confianza, empatía y acompañamiento. Me sentí apoyada en un momento de mucha sensibilidad y necesidad. Recomiendo el trabajo que realizan estas asistentes al parto, como también les llaman. Mujer embarazada, apodérate de tu proceso de gestación y no dudes en contar con el apoyo de una doula comunitaria.

No recibí ninguna compensación del Programa SePare para escribir este artículo. Las opiniones son mías. 

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